En algunas de las visitas que realizo como educadora en el museo Thyssen los niños y yo hablamos sobre un cuadro en el que hay un sillón visto de espaldas, Domenico Gnoli Sillón n.º 2. Asoma una pequeña cabeza que podría ser de hombre o de mujer, de un niño o de un adulto, es una cabeza que permite que desatemos la imaginación y que cada uno lleguemos a conclusiones muy diferentes.

Es uno de los cuadros que más disfruto enseñando, tan solo pregunto a los niños:

Quién está ahí?

Ellos me hablan de personajes que quieren ver. Por eso a veces está Superman sentado y leyendo el periódico, que también tiene derecho a relajarse, o R2D2 disfrazado tras terminar una misión secreta contra El Imperio, y apunto de dar información a su contacto de la Alianza  Rebelde.

Otras veces, como es un sillón de orejas de corte clásico, ven a su abuela tras él recibiendo el correo en su tablet o a su abuelo rellenando un sudoku.

Algunos crean un personaje para la ocasión. Cuadrando cada detalle que aparece en el cuadro para explicar cómo es, que hace allí, si está en su casa o en la peluquería esperando su turno… Es un hombre solo, que no tiene con quien charlar… Una mujer que está esperando a que su hija vuelva del colegio…

Lo que ocurre siempre, vean allí a su familia, a sus héroes o a un personaje inventado, es que hablan de ellos mismos. Ponen sus valores, sus preferencias, sus conflictos en la piel de otro. O bien hablan de sus miedos y el que está sentado detrás del sillón es su lobo feroz particular.

Hace unos días, en casa, recordé este cuadro y decidí dar otra vuelta de tuerca a este asunto.

Coloqué un paraguas abierto en la cocina y les propuse un juego a mis hijos:

Si alguien estuviese ahí oculto Quién sería? Qué necesitaría? Por qué se oculta? Tendríamos que cambiar algo para que se sienta mejor el nuevo inquilino en casa?

Después de plantearnos si era un ladrón o alguien que no debía estar en casa, llegamos a la siguiente conclusión: eran peluches.

No sabemos qué pensaría un peluche, mi hija me dijo que ella no era un peluche y por tanto no tenía ni idea de cuáles eran sus problemas. Aun así, decidimos que necesitaba plantas para oler. Y que, como no conocían la casa, les haríamos un camino que pudieran seguir hasta llegar a la ventana… que sin duda era su objetivo. Finalmente para acceder a la ventana tuvimos que idear unas rampas construidas con patinetes y libros. Me dejaron sin palabras.

Entró en juego todo nuestro cuerpo, nuestras habilidades, nuestra percepción del espacio, los olores, los colores.

 

Mis hijos pasaron de la imaginación y a la acción. Y lo hicieron jugando. Intervinieron el espacio, lo adaptaron a las nuevas necesidades que aparecieron en ese momento… fueron urbanistas del hogar.

Y todo cambió o lo cambiaron todo.

María.

El Artescopio.