La llegada de un nuevo hijo en la vida familiar en muchos casos pareciera representarse como una gran incógnita:

Podré quererlo igual?

Como llevará el hermano mayor este tema?

Tendrá celos?

Y asi infinidades de cuestiones que llegan a la cabeza de los padres y madres, se transforman en preguntas  y por que no, muchas veces, en el temor de no poder con ello.

Partimos de la base que la llegada un nuevo integrante a la familia es un momento absolutamente novedoso en la vida de todos, y la novedad trae consigo el descubrir y el aprendizaje.

No sabemos de esto con anterioridad, no podemos anticipar que podrá pasar. No hay planificación, ni anticipación, pero si hay algo innegable es que todos somos únicos, que todos poseemos aquello que nos convierte en seres singulares .

Esta singularidad es la que va a permitir, entre otras cosas, lo que los padres tanto buscan: la distinción entre los hijos.

Ningún hijo es igual al otro, todos nuestros hijos son únicos. Esto es lo que debemos transmitir: la seguridad de saberlos únicos.

Cómo? Será particular de cada familia, tendrá que ver con lo vincular de la misma y el deseo de cómo hacerlo.

Todos los padres en su devenir encuentran las formas,  lo que esta claro que la palabra usada debe manejar estos conceptos.

Ser distintos no remite a comparaciones ni desplazamientos, es otorgarle y hacerle saber con nuestra palabra y acciones que hay un lugar que les pertenece y que es de cada uno, que nadie viene a quitarle, que ese fantasma (muchas veces traido por el discurso del adulto) no debiera instaurarse en nuestro vínculo.

Preparar la llegada de un bebé, como actitudes y celos entre hermanos nos hace reflexionar  acerca de cómo hablamos, que transmitimos  y que reciben nuestro hijos.

Transitar esta etapa con la certeza de saber a nuestros hijos únicos y poder transmitírselos posibilitará, sin duda, vivir  una etapa más, diferente a las otras y única en la vida familiar.

 

Mariana Primavera