Hace unos días entré por la puerta de mi casa después de haber estado dos meses fuera. Me dio tanto gustirrinín eso de entrar en mi propio territorio que casi hago pis en cada esquina para dejarlo bien marcado, con perdón, pero cómo os quedaríais si os cuento que la vi muy descolorida? 

Desde que vivo en este piso entrañable, creo que nunca me había ausentado tanto tiempo así de seguido y debe ser que esta huida prolongada hacia tierras felices estivales, me ha dado una oportunidad insólita de ver mi guarida desde otra óptica. De repente la vi mustia, apagada, latente… con demasiado blanco alrededor para la cantidad de energía colorimétrica que una trae después de las vacaciones. Cuándo hemos empezado a desteñirnos en esta casa? Blanco donde antes el Acid House se habría sentido un sosaina color pastel? Qué está pasando aquí?

Así que he decido que voy a comenzar una campaña procolor, que verá sus inicios cuando cambie la tapicería obsoleta de nuestro confortable sofá (había pensado en un rosa fucsia), para acabar revolucionando el mundo pero sin caer en el frenesí. No estoy sola, lo sé, porque hay por ahí un gran batallón de jóvenes dispuestos y dispuestas a seguirme en mi cruzada. 

Pero… oye… ahora que lo pienso… por qué quedarme ahí? Ahora mismo voy y declaro que acabo de fundar una nueva ola, que bien podríamos llamar secta, basada en el color. Como biblia, el Pantone. Como guía, un caleidoscopio. Como modista, Valentino. Ya desarrollaremos más adelante, cuando tenga un trance, los mandamientos de nuestra congregación en mayor detalle. Eso sí, ¡las paredes blancas ni tocarlas!, salvo excepciones. Como soy la fundadora, puedo meter paranoias propias de esas y me tenéis que obedecer vestidos de túnica. Se siente.

En fin, que me enrollo y al final no os enseño muebles bonitos que acompañen a mi teoría coloracionista. Ahí van.

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¿A que apetece salir corriendo a por litros de Chalk Paint? Porque,  ahora hablando medio en serio, ¿qué es lo que nos da miedo del color? Muchas veces en la carpintería, los clientes nos confiesan que les encantaría pintar la litera de verde botella o darle un naranja para animar la habitación pero luego, es muy corriente que al final opten por el blanco o como mucho, un tono pastel. Nos atrae pero a la vez, lo vemos demasiado atrevido. En las redes, cuando ponemos un mueble colorido, normalmente es de los que más likes atraen pero luego, nos encargan muy poquitos así.  Es curioso. A alguien le ha mordido alguna vez un color?

Por qué creemos que el blanco aguanta mejor el paso del tiempo que un amarillo chillón, un azul eléctrico o un verde manzana? Por qué un morado intenso cansa más que un blanco? A qué le tenemos miedo? Yo no lo sé, por eso no lo pregunto retóricamente mirando por la ventanilla del bus sino en alto en este post por si alguien hubiera por ahí con la clave entre ceja y ceja.

Quiero saberlo. Quiérolo con ganas. Porque a partir de ahora, voy a decirle a nuestros clientes que se nos ha acabado la pintura blanca. Bueno, no estoy muy segura de esto último pero porque aún nuestra secta no ha cogido mucho impulso, que si no...

Te sumas a mi causa?

Laura

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